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Con la eterna sonrisa
Por Juan Castel
Empezó a hacer reír de niño, subiendo al tablado del barrio, inventando personajes y “tirando la manga”. Con los años se transformó en un reconocido letrista de Carnaval, escribiendo durante más de cinco décadas para conjuntos muy recordados y teniendo en su haber la autoría de algunas canciones que se transformaron en clásicos.
Hoy, Carlos Modernell entiende que a las murgas les falta humor y que no siempre le llegan al tipo común, de barrio. Tal vez por eso sigue al Carnaval desde cierta distancia.
- Empezaste a los catorce años, en la década del ’40 ¿no?
- Yo empecé en el ’48. En realidad antes había empezado “a la manga”, con una escoba que usaba de guitarra. Mi vieja me dejaba ir a los tablados de acá del barrio. Y un día me escapé, me fui para un tablado que estaba en Cuchilla Grande y General Flores. Un gentío había ahí… Y subo al tablado y me estaba saliendo todo bárbaro, hasta que llegando a lo mejor, estando a punto de tirar la manga, llegan Los Caballeros Cantores, que tenían varios integrantes del coro del Sodre, un conjunto notable. Y me dicen “bueno negrito, vamos para abajo”. Y la gente empezó a tirar la bronca. Entonces el señor que me había dicho que bajara levantó las manos y dijo “¿lo quieren ayudar al botija que estuvo fenómeno? Bueno, va a bajar a tirar la manga y nosotros lo vamos a ayudar”. Y bajaron dos de ellos conmigo. Yo tenía un sombrerito y me lo llenaron enseguida. Y una señora de enfrente cruzó con la bolsa de la lotería, que se ve que tenía en la casa, y me la prestó. Llegué a mi casa como a las dos y pico de la mañana y mi vieja me estaba esperando con la mano atrás. Y empezó que “¿de donde venís? Mirá la hora que es.” Yo a lo único que atiné fue a agarrar la bolsa y darla vuelta arriba de una mesa. Había 101 pesos. Mi padrastro ganaba treinta pesos por mes trabajando de ocho y media de la mañana a nueve de la noche. Y yo traje 101. Imaginate, fueron dos semanas viviendo a todo vapor. Ahí empecé. Después mi primer conjunto oficial fueron Los Criollos, salían a una cuadra de casa. Ahí hacía algunos libretos para personajes míos. Era un conjunto de gauchos en el que pasaban diferentes situaciones graciosas. - Ese Carnaval de fines de los ’40 ¿cómo era?
- Divino. Aparte no se había profesionalizado ni nada. Era vocacional y chau. Era vocacional.
- Y la plata se hacía “a la manga”…
- Sí. Después ingresamos al otro Carnaval. El Carnaval tuvo varias maneras de desgranarse todo lo idealista que tenía, digamos. Y después lo fueron profesionalizando, lo fueron prostituyendo. Incluso muchos de lo que lo prostituyeron después dejaron de sacar conjuntos. Y todos los componentes acostumbrados a que salían así, con todo, tuvieron que salir casi por la comida en las otras murgas que vinieron atrás. Es un proceso.
- ¿Cuándo te parece que se empieza a prostituir realmente? - Cuando le dan lo que no podían darle a un conjunto. Es como si Peñarol o Nacional acá en Uruguay, traigan a Carlos Tévez y alguno de esos jugadores de Europa y le paguen lo que ganan allá. ¿Con qué le va a pagar? Y acá tampoco podían hacerlo. Lo hacían por la vanidad, por el ego, por todo eso. Y ahí se gastaban lo que no tenían, les importaba un rábano el premio. Ellos querían ganar con la murga. Eso liberó una puja de títulos y creó muchos títulos famosos, pero no era lo ideal. A la vista está que después desaparecieron esos y cambió todo. Ahora se está saliendo, son pocos los conjuntos que tienen esa dinastía económica.
- ¿De qué años estás hablando?
- Sesenta y pico, setenta. Del setenta para adelante. Por aquellos años incluso tuve lío con la dictadura. Un año me declararon letrista agraviante al gobierno, en el ’77.
- Ahí te suspenden algunos libretos ¿no?
- Sí, tres libretos. Había escrito a tres conjuntos y las quince copias de cada uno se las devolvieron a los conjuntos. Me declararon letrista agraviante al gobierno. Me dejaron transmitir desde el Teatro de Verano, que yo había contratado una radio, la Radio Artigas, eso sí me lo dejaron hacer. Después al otro año me levantaron la condena. Pero tampoco yo quise ni quiero ser un mártir de Carnaval. Como aparecieron unos cuantos ¿no? Yo no. Yo escribía y le daba chicote a los dos lados. Tanto me daba darle al blanco, al colorado, al izquierdista. El que estaba mal estaba mal. El que había hecho una cosa mal en el año, fuera donde fuera, ahí le caía La Milonga Nacional, que era del Dalton (Rosas Riolfo). Yo estuve con la Milonga veintitrés años, del ’63 al ’75 primero, y después volví y estuve diez años más. Y la Milonga le daba a todo el mundo, parejo. Pero parejo haciendo reír. Criticando. Decime una murga ahora que haga reír. Es mortal. Yo no sé que paso. Porque las cosas siguen pasando. Siguen pasando para criticarlas, y para criticarlas haciendo reír también. Para que el tipo que va al tablado por lo menos tenga una sonrisa. Que no solo le digan “usted no gana nada, usted está muerto de hambre, usted es un bichicome”. Porque el tipo después se va para la casa y se pega un tiro (se ríe).
- Esa es una de tus características, siempre buscaste hacer reír. Eso lo tenés adentro o no lo tenés ¿no?
- Eso me lo dejó la vieja Juana. Mi vieja, pobrecita, le decíamos “el niño Calatraba”, porque en los quilombos más grandes de la familia, cuando estaban las discusiones a todo nivel, ella encajaba una incursión ahí, nos hacía reír y arreglábamos todo. - Porque es difícil hacer reír…
- Es más fácil hacer llorar.
- Has tenido la capacidad de escribir para varios conjuntos al mismo tiempo. ¿Te acordás cuándo escribiste para más conjuntos?
- En el ’63. Ahí yo entré primero en murgas con Don Timoteo. Segundo en murgas con La Milonga Nacional, escribiéndole todo a todas ¿eh? Cuarto en murgas con Curtidores de Diablos. Primero en humoristas con Jardineros de Harlem. Tercero en parodistas con Los Chevaliers. Segundo en dúos con Mamá yo kiero dormir y quinto en humoristas con Humoradas del carbón. Le escribí a siete conjuntos. Tenía que andar en avión. Ahora un conjunto tiene tres o cuatro letristas. Yo no entiendo nada.
- ¿Y cuál te parece que es la diferencia? ¿Por qué ustedes antes podían y hoy de repente no se da?
- Será que sabíamos ver mejor la situación de las cosas que pasaban. No sé. Ahora, no voy a decir ni el título de la murga ni el cuplé, pero yo acá he visto un año que le dieron el mejor cuplé a una murga y después yo vi la murga, que cantaba muy bien, y no entendí el cuplé. La fui a ver a un lado donde hizo una actuación y después hicieron una mesa redonda. Y ahí mismo les dije “yo no lo entendí este cuplé”. Pero no fui yo solo, porque subí a la vereda y habían diez personas que pensaban igual que yo. Y ese fue el mejor cuplé del Carnaval. Porque los jurados cuando no entienden algo le encajan lápiz. Le encajan lápiz. Por eso el Carnaval ahora es para egresados de Oxford o de Harvard.
- En esos años en que vos le escribías a tantos conjuntos ¿cómo hacías para no sacarle cosas a uno para ponérselas al otro?
- No, no. No tiene nada que ver. Aparte yo le pedía temas a los conjuntos. Les consultaba los cuplés que querían o les insinuaba el cuplé que me gustaba a mí a ver si estaban de acuerdo. Aparte tenía otra cosa: yo llevaba un cuplé, lo ensayábamos tres días y yo miraba a la gente ahí. Si al cuarto día no caminaba ya no les decía nada, me lo llevaba y al otro día les traía otro. Yo me estaba jugando todo. Lo hacía con amor. Lo económico era aparte.
- Uno se imagina lo difícil que debe ser escribir cuatro o cinco cosas distintas… - Mirá, un año le escribo a La Milonga Nacional y estaba fenómena. Pero faltando como diez o doce días digo “le falta algo a la Milonga”. Y justo habían cambiado los ómnibus las puertas. Un lío… la gente no sabía por dónde subirse ni bajarse. Y hago un cuplé de cuatro o cinco minutos, con eso. Y se lo llevo a la Milonga, pero no lo quieren cantar. Se lo llevé ya hecho y todo. Lo colgué en la pared. Con una música fácil y todo. “Lo que pasa es que acá somos todos cracks” me dijeron. Dije “no hay problema ninguno”. Lo descolgué, agarré el bolsito, salí, tomé un taxi y me fui a Fray Bentos y Comercio que ensayaba Don Timoteo. Llego allá y les digo “traigo de La Milonga Nacional una cosa que no la quisieron cantar y quiero ensayarla acá”. Me dijeron “póngala”. La ensayamos y quedó. Y el Dalton después se enteró y estaba malo. Decía “si no la canta la Milonga la prendemos fuego”. Tenía razón. Y bueno, la dejaron llevar de vuelta y con eso gané. Le ganaron a Don Timoteo en el ’68. - Elegir buenas melodías también es todo un arte ¿no? Podés escribir la mejor letra del mundo que si la melodía no es buena, marchaste…
- Sí señor. A mí me pasó con una retirada que hice a las maestras. Para mí fue la mejor que escribí y no quedó, porque le erré a la música. La gente decía “está preciosa pero no la saben cantar”. Ese es el tema. - A la hora de escribir, ¿pensabas en el concurso o en pegar en los barrios?
- No, para todos lados igual. Yo no hacía un repertorio en los tablados y otro en el concurso, no. Lo que estaba en el Teatro de Verano estaba en los tablados. Y a la Milonga, los Patos Cabreros y los Hongos nos seguían treinta o cuarenta autos de un tablado a otro.
- ¿Qué sentís cuando escuchás esas retiradas tuyas cantadas por la gente? Porque cualquier grupo de amigos que se junta en un asado las canta… - Yo agradezco mucho. Tuve la suerte de tener buenos planteles. Hubo años que gané con “medias cucharas”, como pasó en el ’76 con los Hongos. Que cinco o seis muchachos no salieron más en ninguna murga grande porque no podían. Pero los Hongos fueron y pusieron lo que había que poner, y les ganamos a todos los famosos y vestidos de oro. Les ganamos con letra y cantándola con el cuore (corazón). Y después en la Milonga tuve planteles de la puta madre. Y en Los Saltimbanquis ni te digo nada. El material humano siempre es preponderante en la cosa.
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