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Otra forma de hacer Carnaval Por Juan Castel
El Carnaval le llegó de manera natural, cuando de niña se dejó atrapar por los desfiles y tablados. Con los años se transformó en su objeto de estudio, permitiéndole escribir la historia desde otro lugar. Milita Alfaro es una referente ineludible en materia de Carnaval uruguayo. Respetada escritora, investigadora y periodista, también fue jurado del Concurso Oficial. Así y todo prefiere presentarse como profesora de Historia: “Eso es lo que soy, todo lo demás lo hice de atrevida”.
- ¿Cuándo nace tu amor por el carnaval?
- Por el carnaval como manifestación cultural y social, desde siempre. Porque yo siendo niña me crié en un Uruguay en el que el Carnaval y muchas manifestaciones populares, y muchos ámbitos de encuentro colectivo estaban muy arraigados en el conjunto de la sociedad. Y no vengo de una familia carnavalera. Sin embargo para nosotros cuando llegaba febrero los corsos y los desfiles de 18 de Julio eran sagrados, íbamos en familia. Porque efectivamente el Carnaval era una cosa que convocaba prácticamente a toda la sociedad. Yo diría que Montevideo se volcaba en su inmensa mayoría a 18 de Julio. Claro, eran momentos en que no había televisión, o sea que para verlo tenías que estar ahí. Entonces tengo un vínculo muy fuerte con la fiesta, con el tablado. Íbamos con los chiquilines del barrio nada menos que al tablado de Piedra Alta y Cerro Largo, que fue uno de los más tradicionales y de los que perduró más. Después si, ya desde un punto de vista más profesional digamos, me intereso por determinados temas históricos. Con la sensación de que nuestra historiografía se estaba manejando con criterios un poco tradicionales hasta ese momento. Creo que a partir de los años ‘80 hay un cambio importante en ese sentido. Pero hasta ahí como que era una historiografía muy centrada en lo político, en los “grandes hechos”.
- Más solemne, más fría
- Exactamente. Que eso es imprescindible y es imposible entender la evolución histórica de una sociedad si uno no atiende a los elencos políticos, en fin, a determinadas figuras. Pero al mismo tiempo que bueno que está que se mire hacia otros ámbitos. Entonces ahí aparece entre tantas otras manifestaciones lo que es por ejemplo la fiesta. Ese tipo de convocatoria popular en la cual hay una participación masiva del conjunto de la sociedad, de los hombres y mujeres anónimas que están ahí como protagonistas. Entonces bueno, surge la idea de que ahí también había una historia para contar y que valía la pena meterse en eso. No se si fui pionera, porque en ese sentido José Barrán también fue clave para todos nosotros.
- Pero igual con el Carnaval te metiste de lleno
- Con el Carnaval como que me metí más directamente yo. Por supuesto que en “La historia de la sensibilidad en Uruguay” hay un capítulo sobre Carnaval, pero yo me metí como más a fondo.
- Vos te sentís referente ¿no?
- Sí, sí. Ahora se han sumado muchos otros enfoques, pero generalmente no tanto desde la historia. Son más bien de estudiantes por ejemplo de comunicación o que vienen de otras disciplinas y que analizan más el fenómeno en el presente. Desde la evolución histórica sí, he estado yo más vinculada a eso y en fin, como que mis libros son un poco referentes, sí. Además me pasa de continuo que me llaman para consultarme cosas y hay gente que dice “por Carnaval hay que hablar con Milita”.
- Si pudiéramos dividir el Carnaval uruguayo en épocas, ¿en qué época te parece que cambió más, que se dio el cambio más grande?
- Yo pienso que en la década de 1870. Por supuesto que después a lo largo de todo el siglo veinte también hay mojones muy importantes y la cosa sigue permanentemente, se da una reformulación permanente que es la que explica que el Carnaval siga vivo. Porque un fenómeno de esas características, de convocatoria masiva, que no sea capaz de acompañar los cambios que se dan a nivel de la sociedad, bueno, como que necesariamente se muere. Pero creo que el gran punto de inflexión es esa década de 1870, con ese Carnaval “bárbaro”, como lo llama Barrán, donde lo que fundamentalmente tenemos es un juego que se concentra en tres días de una gran locura, con huevos, agua, proyectiles, y una ciudad que se vuelve loca, en un juego muy violento inclusive. Más allá de que ya existían los bailes de máscaras y también las comparsas, pero tenían una presencia secundaria. En esa década de 1870 es que uno empieza a ver como estas manifestaciones, eso otro que va a sustituir ese juego “bárbaro”, empiezan a convertir todo en una fiesta más civilizada. Y 1873 a mí me parece que es un momento muy decisivo porque es el primer año en el cual se organiza el famoso desfile, es decir lo que es el antecedente del desfile de hoy. Que en esos momentos transcurría mayoritariamente en las cuadras de la Ciudad Vieja, porque para entonces Montevideo estaba prácticamente circunscripto a esa zona. Me parece que el hecho de que en 1873 por primera vez el eje de la celebración haya sido el desfile de comparsas está marcando el comienzo de un Carnaval diferente. Que después va a seguir incorporando cada vez más elementos hasta llegar a lo nuestro.
- Este Carnaval de siglo veintiuno es más espectacular en lo que presenta arriba del escenario pero es mucho menos participativo ¿no?
- Mucho menos. Y ya no hablemos de esa época en que era un juego y todo el mundo salía a la calle. En donde no había prácticamente diferencia entre actores y espectadores. Porque era algo compartido por todos los sectores de la sociedad. Ahí estaban jóvenes, viejos, niños, mujeres, hombres, pobres, ricos, negros, blancos, sacerdotes, todo el mundo participaba. Ya cuando aparece la idea del desfile, bueno, significa que alguna gente se pare a mirar que otros pasen. Eso empieza a dar un poco la idea de que hay actores y hay espectadores. Pero de todas maneras, incluso en esos momentos, era mucho más participativo que lo actual porque esas comparsas no tenían ni sombra del profesionalismo que tiene las actuales, y porque entonces cualquiera armaba un grupo con sus amigos.
- Gana espectacularidad por lado y pierde participación
- Exacto. Y gana profesionalismo. Porque claro, si vos generás espectáculos cada vez más sofisticados eso necesariamente va en detrimento de la posibilidad de una participación masiva. Porque antes efectivamente quienes formaban comparsas y conjuntos trabajaban durante todo el año en cosas que no tenían absolutamente nada que ver con actividades artísticas. Y eso era un poco lo propio de ese Carnaval, y es una lástima que eso se haya perdido. Al mismo tiempo es inevitable. Porque además uno se pregunta si esos espectáculos que en su momento tuvieron un gran impacto, y hoy tendrían que competir con una oferta cultural muy sofisticada, no sé si efectivamente lo lograrían con éxito. Con las cosas que hoy ve la gente yo no se si un tipo de propuesta de esas características podría sostenerse sino tuviera la apoyatura y el soporte que hoy tienen los espectáculos de Carnaval.
- Igual se tiende a extrañar otras épocas, incluso sin ir demasiados años para atrás
- Ahí se genera esa cosa eterna de nostalgia, que aparte es tan uruguaya. Eso de que “todo tiempo pasado fue mejor” y que “carnavales eran los de antes” y todo lo demás. Donde mucha gente cree que el Carnaval al cambiar se traiciona a si mismo. Y yo creo todo lo contrario. Yo pienso que el Carnaval sobrevive porque cambia. Si no hubiera cambiado estaría muerto.
- Si habrán nostalgias por venir todavía
- Claro. Los carnavales de hoy, estos de los que tanta gente reniega, por supuesto que serán el objeto de futuros nostálgicos. Y les parecerán maravillosos estos en comparación con los de 2030 o 2040. Sin duda.
- Fuiste jurado en el Carnaval 2006. ¿Cómo fue esa experiencia?
- Muy apasionante. Ya en los ’90, cuando estaba Sara López al frente de la División Turismo, ella me propuso participar y yo no me animé. Porque yo tenía claro que era muy complejo. El cargo de jurado de por sí es un rol complejo.
- Y es meterse en un lío
- Es meterse en un lío. Incluso un poco al santo botón. Porque además yo que estudio el tema no me puedo crear problemas con la gente de Carnaval. Porque ellos son un poco mi objeto de estudio. Entonces yo por eso cuando Sara me lo planteó le dije “ni loca”. Ni se pasó por la cabeza. Y bueno, en 2006 José Cozzo que en ese momento era el presidente del jurado, me lo planteó y yo volví a decir exactamente lo mismo: “ni loca”. ¿Y vos sabés que ahí me picó? Después que había cortado con José y que lo había descartado, dije “pero ¿por qué no?”. Además era, en la medida de que nunca salí y a esa altura ya no iba a salir en Carnaval, la única posibilidad de vivirlo un poco más desde adentro. Entonces me dije “no me puedo perder esto, ahora que estoy vieja, más allá del bien y del mal me puedo mandar estas locuras”.
- ¿Y era lo que esperabas?
- Fue fantástico. Agarré con mucho miedo, porque bueno, tengo añares de oír los fallos y los líos posteriores a los fallos. Y además la responsabilidad brutal que es estar ahí. En el momento que vos estás poniendo un puntaje, lo que la gente se juega, la forma en que eso se vive, la intensidad, el hecho de poder cometer un error. Y también te cuestionás hasta qué punto es legítimo que con la cuota de subjetivismo que cada uno tiene puedas postergar determinadas propuestas en función de otras. O sea que había toda una cantidad de cosas que me parecían muy complicadas, y sin embargo dije “bueno, voy a probar”. Me preparé. Pensaba “páh, lo que van a ser después las protestas de la gente y todo lo demás”. Y se dio una cosa curiosísima. Me tocó actuar en un Carnaval en el cual, pese a que siempre hay desconformes, no hubo un solo primer premio que fuera discutido, lo cual ya es maravilloso. Fue como una bendición, una suerte brutal.
- ¿Y no te llegó por ningún lado algún tipo de presión o de queja?
- No. A mi también me interesaba mucho saber eso. Porque siempre hay rumores, y uno vive escuchando un montón de cosas. Yo quería saber cuánto había de cierto en todo eso. Y trabajé con total y absoluta libertad. Incluso hubo un fenómeno ahí medio complicado que fue un problema que se planteó con Curtidores de Hongos, que fue desgraciado en el sentido de que tuve que denunciar que a mí me habían dado un libreto en el que había un cuplé que no había sido entregado dentro de los plazos. Y sin embargo ese problema se zanjó sin ningún tipo de inconvenientes. Se aplicó el reglamento como tenía que ser aplicado por parte nuestra, que no pesaba en el puntaje que se le daba al conjunto, había una pena económica y fue aceptada totalmente por la murga.
- Vos al año siguiente quisiste estar nuevamente como jurado y algunos conjuntos dijeron “no”
- Claro. Lo que pasa es que uno piensa en forma razonable en Carnaval y la razón tiene poco que ver con el Carnaval. Es el reino de la locura. Entonces a mí como todo había sido tan perfecto y no había generado ningún tipo de polémica me pareció que al año siguiente me iban a volver a convocar. Y efectivamente me convocaron para la prueba de admisión. Y parecía que iba directo para estar otra vez en febrero. Ahí después de la prueba de admisión me citó Fernando González, Director de Turismo, y me dijo que había un cuestionamiento por parte de algunos conjuntos. Hubo dos o tres murgas que habían tenido puntajes bajos, conmigo y con otros jurados, y que en el caso mío me vetaron. Y es muy difícil que la intendencia persista en un jurado que Daecpu no respalda. Y bueno, entonces quedé afuera. Lo cual me sorprendió mucho y me decepcionó mucho, porque me había gustado mucho la experiencia. La verdad que al principio me chocó. Después me lo replanteé y fue maravilloso porque el de 2007 fue un Carnaval con unas polémicas tremendas, con jurados muy cuestionados. Al final decía “que suerte que no estoy metida en todo este lío”. Así que la famosa recusación que dos meses antes me había dejado medio bajoneada, finalmente me resultó bárbara, porque es complicado.
- ¿No se le carga demasiada presión al concurso? ¿No se come a veces al Carnaval?
- Si, si. Y uno lamenta que sea así porque eso muchas veces hace que una cosa que habría que vivirla de otra manera, con mayor disfrute, se lo viva con mucha tensión. Sin embargo yo a veces pienso que si eso no existiera no sé si el Carnaval tendría la fuerza que tiene. Yo creo que es una cosa que de pronto es un ingrediente que contradice lo que es el espíritu incluso de la propia fiesta, que contradice a esta altura lo que es un espectáculo artístico. Donde es absurdo que las virtudes estéticas que una propuesta pueda tener se las mida en términos de puntajes. Parece como muy loco, y al mismo tiempo es inimaginable el Carnaval sin eso. Aparte tiene una tradición tan larga. El primer concurso es de 1874, por supuesto un concurso totalmente distinto al de hoy, muy poco reglamentado en comparación con lo actual. Pero como que se fue asociando tanto la idea de competencia con la idea de Carnaval que a esta altura si se le sacara eso no sé que pasaría.
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